Hoy como ayer pensamos en mañana y decimos: todavía.
Han transcurrido 400 años de presencia jesuítica en Santa Fe de la Vera Cruz. Fue un fuego que encendió otros fuegos. Hoy, como ayer, decimos todavía.
Un día llegaron a esta ciudad para quedarse los primeros jesuitas: el padre Francisco del Valle y el hermano Juan de Sigordia. Ellos fueron los primeros maestros de esta escuela. En su corazón un fuego. La necesidad de la ciudad incipiente y el mandato del cabildo nunca fueron más grandes que el deseo de enseñar, de entregar lo mejor de sí, de encender los corazones en el amor a la verdad en todas sus dimensiones. Pensaron un mañana.
En los muy primeros años de la ciudad y del Colegio la Virgen Inmaculada, con sus manos unidas en un rezo, bendijo la gesta con un milagro. Ella, la Madre, los mantuvo allí, junto a su corazón y sigue bendiciendo. Tiempo de luz. Tiempo de alegría. Se sumaron a la gesta tantos otros… Ellos la contemplaban antes de partir hacia otros poblados y rincones. Los ojos de la Madre y los ojos de los hijos de Ignacio se contagiaban con el fuego del amor de Dios, manifestado en el Hijo. Todos ellos, en la inmensidad de la tierra, contagiados de ese fuego lo trasmitían para convertirse en calor y en cobijo.
Hubieron noches e inviernos. La expulsión de jesuitas de las colonias de España y la siguiente supresión de la Compañía silenció las voces de la escuela por casi cien años. En los patios del Colegio transcurrió ese tiempo mientras en un rincón del templo La Inmaculada de los Milagros mantuvo sus manos unidas pidiendo un regreso. La madre se quedó para cuidar el fuego. Los que se marcharon hicieron de ese fuego rescoldo y espera. No puede quebrarse la esperanza de los que eligen ser rescoldo cuando el frío aprieta y la noche se cierra. En el amanecer ese rescoldo volverá a ser fuego. Volverá a ser lo que era.
Luego vino el tiempo de la primavera y del regreso. La restauración de la Compañía y el regreso de los jesuitas permitieron también la restauración del Colegio, que comenzó a llamarse de la Inmaculada Concepción. Gobernaba Santa Fe Don Patricio Cullen. Los hombres de Ignacio ocuparon el solar y retomaron la tarea que habían dejado hacía cien años. Una vez más floreció la Iglesia, la escuela, las misiones. La Madre que había visto partir a los jesuitas de entonces vio llegar a los de ahora, llenos de fuego, y en su corazón silencioso y maternal se pronunciaba, incansable, una palabra: “todavía”.
Entre tantos hombres de Dios que llegaron a Santa Fe llegó uno que era muy joven. Contagiaba a Dios con su silencio. Ocupó su lugar en la portería y se ganó el corazón de quienes lo conocieron. Cincuenta y cuatro años de portero cumplidos con fidelidad le valieron el reconocimiento de muchos. Es el Hermano José Marcos Figueroa. En su corazón un templo. En el templo un corazón que espera. Rescoldo de Dios que se ha convertido en fuego.
Han transcurrido 400 años.
Hoy como ayer… seguimos pensando en un mañana. Nuestra mirada se enciende al recordar la historia y al entrar en ella como quien de veras está. No hemos llegado hasta aquí para ser espectadores de algo que sucede fuera de nosotros. Los ojos de nuestra Señora se encuentran con los nuestros, en su corazón y en el nuestro hay un fuego y en los labios de todos está el deseo de expresarlo… “todavía”.
En nuestro corazón un fuego. Hoy como ayer el mañana se vuelve sueño. Siempre habrá primaveras, no faltarán inviernos.
Desde ese sueño miramos a nuestros alumnos y sus familias.
Miramos a nuestros docentes, maestros y profesores, a exalumnos y amigos.
A ustedes, queridos alumnos, los invito a contagiar a todos el fuego de Jesús que les fue entregado desde su llegada al Colegio. Que nada ni nadie les haga perder ese tesoro que llevan en vasijas de barro, ojalá que se animen a ser siempre un signo de la presencia de Dios… Sean buenos hijos de Dios, de la Iglesia y de la Patria.
A ustedes, queridos padres y madres, les pido que miren mucho a María de los Milagros. Ella se ha quedado a cuidar del fuego y allí permanece hasta hoy. Ella sigue siendo rescoldo de Dios. Sean rescoldo de Dios en los corazones de sus hijos, no renuncien a ser custodios de lo que Dios les ha confiado, nadie puede suplirlos en la misión encomendada y aceptada.
A ustedes queridos docentes y docentes jubilados, colaboradores de la Compañía de Jesús en este Colegio, quiero pedirles que mantengamos vivo el fuego de la fragua en la que los jóvenes forjan su corazón para ser “hombres para y con los demás”. Cuando enseñamos, también somos enseñados.
A ustedes queridos exalumnos, amigos entrañables del Colegio, les pido que miren mucho a María de los Milagros. Ella cuidará del rescoldo y avivará el fuego de la “edad feliz” para que siempre estemos atentos a los que más nos necesitan. Nuestra Patria, más que nunca, necesita de la fuerza de la inteligencia y del calor de la caridad hacia los más débiles.
A los jesuitas que han venido de otras partes, y que en su mayoría fueron parte de esta historia, quiero decirles que su siembra ha dado su fruto. Ayúdennos con su oración y cercanía.
A todos, en este tiempo jubilar para el Colegio de la Inmaculada Concepción, los invito a acompañarnos en el deseo que nos impulsa a continuar educando en Santa Fe… a rezar por ello… a acompañar nuestros pasos.
Alejandro Gauffin s.j.
Santa Fe, 9 de noviembre de 2009